
Woow, tenía mucho tiempo sin escribir, tiempo sin dedicarle tiempo a la inspiración, a alimentar la mente y por supuesto, tiempo sin ofrecerles a ustedes, los lectores, un pedazo de lo que realmente significa escribir historias que nos identifican con nuestra cotidianidad.
Desde hace un tiempo había dejado de escribir, miles de razones que no vale la pena señalar, pero estoy de vuelta y lo hago porque sentí la necesidad de contar como un trabajo – que nunca me llamó la atención – me envolvió entre tanta teoría, procedimientos y agilidad verbal.
Primero que todo, debo ser sincero, nunca me ha gustado el trabajo de vendedor, esa responsabilidad que amerita salir a recorrer calles infinitas y ajetreadas, sólo para conseguir vender un procedimiento, una idea, un producto. Para mi vender significa estar preparado para encontrar miles de reacciones, a favor y en contra. Significa armarse de paciencia para procesar lo que nunca me ha gustado escuchar – bueno lo que nunca nos ha gustado escuchar – la palabra No.
Miles de veces, escuchamos cuando nos dicen No y entramos en un estado negativo que rápidamente nos parece que así se moverá el resto del día. Siempre me negué a trabajar como vendedor, pues la mayoría del tiempo uno mismo rechaza la postura de quien nos está ofreciendo y vendiendo un producto sin pensar que ese rotundo No, podría afectar el sistema económico de ese vendedor que con tanta paciencia y dedicación se nos acerca para exponernos sus ideales.
Pues sí, repentinamente llegué a formar parte de esa bolsa de trabajo que sale a la calle todos los días para vender una idea preconcebida, luchando contra docenas de No y algunas veces felicitándonos por lograr el objetivo, vender.
Viéndolo desde otro punto de vista, desde que el mundo es mundo, siempre hemos estado involucrados en las ventas, desde que nacemos, vendemos un ideal, un prototipo que con el pasar de los años va adquiriendo forma, física y mentalmente. Vendemos sonrisas tipo comercial de televisión cuando queremos algo en particular. Vendemos estados de ánimos cuando queremos estar solos ó acompañados.
Hasta cuando escribimos, vendemos una idea y un concepto. Cuando escribimos dejamos drenar un sinfín de imágenes mentales y nuestro sistema de creencias y valores se van transformando en un producto que pronto será sometido a un proceso de ventas, que luego será rechazado o aprobado. Vender es todo un arte, y diariamente vendemos nuestra cotidianidad cuando involucramos antecedentes históricos, anécdotas y pensamientos, cuando agotamos todas las herramientas (risas, miradas y gestos).
En las ventas, se realiza un plan de trabajo, que nos permite fijar esos objetivos que queremos alcanzar, se establecen rutas diarias por zonas, para lograr cubrir una importante cantidad de clientes y se elaboran propuestas para captar nuevos potenciales. En la cotidianidad, nos trazamos un plan de vida para conseguir esa meta que tanto soñamos, creamos una ruta habitual que viene acompañado de familiares, amigos y compañeros de trabajo claves, personajes que cada día nos van enseñando el significado de esa vida que queremos lograr.
Tanto en las ventas como en la vida, hay fallas y recompensas. En ventas, una falla puede crear ciertos riesgos monetarios que pueden afectar a la empresa y al bolsillo de quien ha sudado para lograr cubrir ciertas cuotas, destacando que siempre hay una posible solución. En la vida hay fallas amorosas, personales y profesionales, de las cuales siempre se van tejiendo experiencias que se transforman en un importante aprendizaje para que en un futuro no tropezar con la misma piedra.
La verdad es que vender resulta tedioso, pero también gratificante, cada día esas calles que nos parecen odiosas, nos enseña nuevas formas de acercamiento hacia un cliente, nos brinda un panorama de cómo debemos actuar ante posibles negativas. Vender nos ayuda a ser empáticos y descubrir las necesidades de nuestros consumidores. Créanlo ó no, el oficio de vender puede resultar atractivamente económico y satisfactorio, cuando vemos esas caras de felicidad de gente que compran ese producto tan anhelado, y cuando pensamos en esos fieles lectores que se regocijan con buenas historias condimentadas de realismo y cotidianidad, de la cual siempre estaremos vendiendo como pan caliente.
Ahora me dispongo a crear mi plan de trabajo, cuidence.