
Mucho se ha dicho –quienes tuvieron el placer de leerla y luego ver su adaptación en el cine – que el Conde de Montecristo ha sido y será una de las novelas más espectaculares de todos los tiempos, concebida por el dramaturgo Alejandro Dumas. Se destacó por presentar temas como la justicia, la venganza, la piedad y el perdón. Poco después surgieron versiones inspiradas en elementos dramáticos de la afamada novela, dejando buenos recuerdos.
El auge de las telenovelas en Venezuela trajo consigo grandes producciones basadas en la emblemática obra El Conde de Montecristo. Según cuentan mis padres y demás personas ya entradas en edad, una de ellas fue la espectacular telenovela “La Dueña”, obra original de José Ignacio Cabrujas y Julio César Mármol, transmitida en el año 1984.
La historia logró impactar por su trama y sus personajes. Quienes recuerdan la transformación de Adriana Rigores como Ximena Sáenz, aclaran que fue una de las mejores interpretaciones realizadas por Amanda Gutiérrez. Todo el mundo estuvo al tanto de lo que acontecía en cada capítulo, eran diálogos perfectos y actuaciones impecables.
La temática era controversial, ambientada en el gobierno de Juan Vicente Gómez. Adriana Rigores era una huérfana cuyo padre le hereda una gran fortuna, de la que fue despojada por su madrastra y su familia, haciéndola pasar por loca e internándola en un manicomio. Después de 6 años, Adriana planificaría una venganza perfecta en contra de los que le hicieron daño, haciendo justicia por los terribles años vividos en el manicomio, dándole a cada enemigo su merecida sentencia.
El auge de las telenovelas en Venezuela trajo consigo grandes producciones basadas en la emblemática obra El Conde de Montecristo. Según cuentan mis padres y demás personas ya entradas en edad, una de ellas fue la espectacular telenovela “La Dueña”, obra original de José Ignacio Cabrujas y Julio César Mármol, transmitida en el año 1984.
La historia logró impactar por su trama y sus personajes. Quienes recuerdan la transformación de Adriana Rigores como Ximena Sáenz, aclaran que fue una de las mejores interpretaciones realizadas por Amanda Gutiérrez. Todo el mundo estuvo al tanto de lo que acontecía en cada capítulo, eran diálogos perfectos y actuaciones impecables.
La temática era controversial, ambientada en el gobierno de Juan Vicente Gómez. Adriana Rigores era una huérfana cuyo padre le hereda una gran fortuna, de la que fue despojada por su madrastra y su familia, haciéndola pasar por loca e internándola en un manicomio. Después de 6 años, Adriana planificaría una venganza perfecta en contra de los que le hicieron daño, haciendo justicia por los terribles años vividos en el manicomio, dándole a cada enemigo su merecida sentencia.
Drama rosa moderno
Con el pasar de los años, las televisoras emprendieron vuelo hacia producciones que estuviesen cargadas de elementos emocionales intensos como la venganza, el cambio de piel (transformación física), la rabia y el orgullo.
Surgieron novelas embalsamadas por ese toque “montecristezco” que brindaron gran entretenimiento a un vasto público, mencionando algunas como El Desprecio, Reina de Corazones, entre otras. La recordada Por estas Calles, fue una novela de conciencia social pero tuvo su vengador anónimo y otras como la mexicana Marimar, cuya protagonista pasó de ser pobre a millonaria resentida, orgullosa y vengativa.
Hoy en día, estas producciones televisivas muy populares en Latinoamérica, han tomado un rumbo despreocupado, en un intento de ser más creativas y más libres, deteriorando la calidad del drama y de sus actores también. La proliferación de novelas “acartonadas” dirigidas por empresas independientes y las muy populares “mayameras”, han hecho que el término drama sea algo superficial y vacío (disculpando a los que les gustan las novelas de talento internacional, escenificadas en la tropical ciudad estadounidense).
En este sentido no pretendo destruir a los profesionales que realizan el arduo trabajo de producir novelas, ni muchos menos a los que tienen la misión de entretener y atrapar con sus actuaciones. Intento aclarar que hoy en día estas obras audiovisuales parecieran haber perdido ese norte dramático, exquisito y con carácter que consumía al espectador y los hacían fanáticos aferrados a un actor, a un personaje o simplemente a una historia.
Considero que deberían escribirse tramas innovadoras, abiertas a todo tipo de escenarios, creando conciencia sobre temas sociales muchos más complejos. Se necesitan novelas con diálogos más frescos, lenguaje más coloquial sin llegar a lo vulgar, se necesitan personajes que se identifiquen con el público sin ser sobreactuados. Y en este aspecto, creo que la batalla pareciera ganarla Colombia con sus producciones ingeniosas, atrevidas y espontáneas.
Venezuela cuenta con un talento insuperable y hoy por hoy se debería rescatar esa nobleza perdida de sus telenovelas, pues el drama rosa pasó a ser un tema político y aburrido. No con esto digo que la infinita protagonista debería sufrir largo y tendido y llorar hasta arrugarse.
Pienso que hay que considerar nuevamente hacer novelas rosas creativas, con sentido común, con un Montecristo más relajado sin perder su esencia. Novelas con un toque de modernidad, pero sin caer en el abismo de la mediocridad. Venezuela aún está en capacidad para superar con gran profesionalismo artístico la demanda de novelas extranjeras, sin desecharlas, pero sí opacándolas con nuestro gran talento.
El Conde de Montecristo siempre ha estado presente en cada nueva trama, en tiempos y circunstancias diferentes. Sus personajes han llorado, sufrido y vengado y ese es un componente que nos atrae, bien sea porque en la vida real no somos capaces de coordinar un desquite tan perfecto como el de las telenovelas, o porque no nos arriesgamos a disfrutar de un cambio externo como el de sus personajes.
Pero su alma ha estado ahí y estará para demostrarnos que vale la pena producir novelas venezolanas, porque con ese gran talento actoral, técnico y literario, se lograría hacer una novela impecable, hermosa y fuerte como lo era Adriana Rigores y su Conde de Montecristo interno.
Con el pasar de los años, las televisoras emprendieron vuelo hacia producciones que estuviesen cargadas de elementos emocionales intensos como la venganza, el cambio de piel (transformación física), la rabia y el orgullo.
Surgieron novelas embalsamadas por ese toque “montecristezco” que brindaron gran entretenimiento a un vasto público, mencionando algunas como El Desprecio, Reina de Corazones, entre otras. La recordada Por estas Calles, fue una novela de conciencia social pero tuvo su vengador anónimo y otras como la mexicana Marimar, cuya protagonista pasó de ser pobre a millonaria resentida, orgullosa y vengativa.
Hoy en día, estas producciones televisivas muy populares en Latinoamérica, han tomado un rumbo despreocupado, en un intento de ser más creativas y más libres, deteriorando la calidad del drama y de sus actores también. La proliferación de novelas “acartonadas” dirigidas por empresas independientes y las muy populares “mayameras”, han hecho que el término drama sea algo superficial y vacío (disculpando a los que les gustan las novelas de talento internacional, escenificadas en la tropical ciudad estadounidense).
En este sentido no pretendo destruir a los profesionales que realizan el arduo trabajo de producir novelas, ni muchos menos a los que tienen la misión de entretener y atrapar con sus actuaciones. Intento aclarar que hoy en día estas obras audiovisuales parecieran haber perdido ese norte dramático, exquisito y con carácter que consumía al espectador y los hacían fanáticos aferrados a un actor, a un personaje o simplemente a una historia.
Considero que deberían escribirse tramas innovadoras, abiertas a todo tipo de escenarios, creando conciencia sobre temas sociales muchos más complejos. Se necesitan novelas con diálogos más frescos, lenguaje más coloquial sin llegar a lo vulgar, se necesitan personajes que se identifiquen con el público sin ser sobreactuados. Y en este aspecto, creo que la batalla pareciera ganarla Colombia con sus producciones ingeniosas, atrevidas y espontáneas.
Venezuela cuenta con un talento insuperable y hoy por hoy se debería rescatar esa nobleza perdida de sus telenovelas, pues el drama rosa pasó a ser un tema político y aburrido. No con esto digo que la infinita protagonista debería sufrir largo y tendido y llorar hasta arrugarse.
Pienso que hay que considerar nuevamente hacer novelas rosas creativas, con sentido común, con un Montecristo más relajado sin perder su esencia. Novelas con un toque de modernidad, pero sin caer en el abismo de la mediocridad. Venezuela aún está en capacidad para superar con gran profesionalismo artístico la demanda de novelas extranjeras, sin desecharlas, pero sí opacándolas con nuestro gran talento.
El Conde de Montecristo siempre ha estado presente en cada nueva trama, en tiempos y circunstancias diferentes. Sus personajes han llorado, sufrido y vengado y ese es un componente que nos atrae, bien sea porque en la vida real no somos capaces de coordinar un desquite tan perfecto como el de las telenovelas, o porque no nos arriesgamos a disfrutar de un cambio externo como el de sus personajes.
Pero su alma ha estado ahí y estará para demostrarnos que vale la pena producir novelas venezolanas, porque con ese gran talento actoral, técnico y literario, se lograría hacer una novela impecable, hermosa y fuerte como lo era Adriana Rigores y su Conde de Montecristo interno.
