
Los venezolanos tenemos la particularidad de ser espontáneos, abiertos, sin pelos en la lengua. Somos esa partícula del mundo en constate movimiento de rotación y traslación. Somos esa expresión de lo divertido, de todo eso que nos hace reír, llorar y seguir riéndonos.
Nosotros los venezolanos vivimos de la alegría del momento, a todo le buscamos un chiste, ridiculizamos todo aquello que aparentemente nos es insignificante. Algunos países por ejemplo no son tan expresivos ya que su cultura es de total independencia y distancia hacia otros modos de pensar. Nosotros no, nosotros siempre tenemos ese detalle de familiarizar los acontecimientos, hacerlo nuestro hasta que lo podamos desgranar sin que quede nadie por fuera.
La burla en simple teoría, no es más que el acto de buscarle el lado gracioso a un acontecimiento, a un detalle, a una palabra. El venezolano por excelencia busca la manera de materializar eso que llamamos chiste y usarlo como coraza ante las eventualidades de lo cotidiano. El chistoso – por así denominarlo – algunas veces deja a su paso una sombra que puede llegar a ser molesta, pesada y hasta chocante, logrando así transformarse en un personaje de comparsa, lejano y distante, sirviendo sólo para contar un chiste o para amenizar la fiesta.
Particularmente pienso que para nosotros la comicidad es lo que nos mantiene vivo, siempre y cuando no se viva sólo de la comicidad. Fíjense, llevaba 3 años trabajando con un jefe muy particular. No era uno de esos jefes de frases cortas como “buena día, a trabajar” ó “eso no sirve, arréglalo”. Mi Jefe era una persona con dotes para la comicidad, su risible manera de ser contagiaba a todo aquel que pasara por su negocio. Sus chistes jocosos e hilarantes lograban una gran reacción en contra y a favor de sus amigos y familiares.
Mi Jefe tenía su rutina, llegaba todos los días a las 7:30 de la mañana y se instalaba en su mundo del Facebook, para averiguarle la vida a quienes por accidente llegaban a solicitarlo como amigo. Su paso por el amplio espectro comunicacional (facebook), fue un desahogo para su repertorio de comentarios y ácidamente graciosos chistes como “tomándome un Whisky con aguita perrier, sabrooosooo”. Cada uno de sus comentarios dejaba una estela de más de 30 comentarios, convirtiéndose en una persona tan conocida por su trabajo como por su jocosidad.
Los venezolanos tenemos esa particularidad de combatir el estrés y los problemas (laborales y personales) con una sonrisa en la cara, con una burla tan espontánea que a veces no podemos controlar. Así era mi Jefe, nadie se salvaba de sus burlas y quienes lo conocían se reían con él y los que no, no le quedaba de otra que aguantar el chaparrón o simplemente ignorar su frenética espontaneidad.
Un buen día decidió realizar un viaje con su esposa, la emoción era tan grande que lo traicionaba con repentinos ataques de pánico y fugases dolores físicos. Pero de igual forma emprendió el viaje en un crucero totalmente diseñado para comodidad de su esposa y la de él. Sus crónicas viajeras no dejaban de ser hilarantes y hasta necias, un tanto envidiadas lo que provocaba que uno saliera de su trabajo, preparara una maleta y saliera corriendo a buscar el primer crucero que se atravesara en el camino. En su fabuloso viaje, de repente la tristeza tocó a su puerta. Su egocéntrica risibilidad se desmoronaba cada segundo, hasta perderlo por completo. La muerte de sus chistes y burlas, ya no era para nada un chiste. Cambió su contagiosa alegría por ríos de lágrimas. Cambió la jocosidad de sus palabras, por un silencio aniquilador. Toda su inmensa comicidad se lo había llevado el viento de los cielos, imagino que para hacer reír al Jefe de arriba.
Sí, la naturaleza de la comicidad no es algo que tenemos todos, es como un don que sólo pocos logran sacar de su interior hasta hacerlo parte de su vida. El venezolano por naturaleza busca remediar los errores a través de la risa, a través de chistes tomados de la cotidianidad, de la felicidad y hasta de la muerte. Todos tenemos un payaso, un bufón, un cómico por dentro que nos alimenta el alma. Sí, mi Jefe ha muerto, y con él murió si espontaneidad, jocosidad y risibilidad.
Como dije antes, la alegría es lo que alimenta el alma, es lo que nos da fuerza para soportar la terrible realidad que pudiéramos estar viviendo. Un chiste nos puede sacar de ese cajón mental oscuro y vacío. La risa nos refresca y nos mueve esa fibra emotiva que a veces se nos olvida exteriorizar por miles de motivos.
Mi Jefe murió, sí, pero haciendo un encuentro con su ausente presencia, fijé la mirada y descubrí que su cara manifestaba una especie de alegría indescriptible, una sonrisa que pudiera traducirse en un orgullo de poder tener a todos sus allegados, familiares y empleados alabando su gran comicidad. Claro su muerte nunca será un chiste, pero todos los que estuvimos en su duelo, al ver su rostro, decidimos recordarlo tomándonos un buen whisky y contando todos sus buenos chistes.
Nosotros los venezolanos vivimos de la alegría del momento, a todo le buscamos un chiste, ridiculizamos todo aquello que aparentemente nos es insignificante. Algunos países por ejemplo no son tan expresivos ya que su cultura es de total independencia y distancia hacia otros modos de pensar. Nosotros no, nosotros siempre tenemos ese detalle de familiarizar los acontecimientos, hacerlo nuestro hasta que lo podamos desgranar sin que quede nadie por fuera.
La burla en simple teoría, no es más que el acto de buscarle el lado gracioso a un acontecimiento, a un detalle, a una palabra. El venezolano por excelencia busca la manera de materializar eso que llamamos chiste y usarlo como coraza ante las eventualidades de lo cotidiano. El chistoso – por así denominarlo – algunas veces deja a su paso una sombra que puede llegar a ser molesta, pesada y hasta chocante, logrando así transformarse en un personaje de comparsa, lejano y distante, sirviendo sólo para contar un chiste o para amenizar la fiesta.
Particularmente pienso que para nosotros la comicidad es lo que nos mantiene vivo, siempre y cuando no se viva sólo de la comicidad. Fíjense, llevaba 3 años trabajando con un jefe muy particular. No era uno de esos jefes de frases cortas como “buena día, a trabajar” ó “eso no sirve, arréglalo”. Mi Jefe era una persona con dotes para la comicidad, su risible manera de ser contagiaba a todo aquel que pasara por su negocio. Sus chistes jocosos e hilarantes lograban una gran reacción en contra y a favor de sus amigos y familiares.
Mi Jefe tenía su rutina, llegaba todos los días a las 7:30 de la mañana y se instalaba en su mundo del Facebook, para averiguarle la vida a quienes por accidente llegaban a solicitarlo como amigo. Su paso por el amplio espectro comunicacional (facebook), fue un desahogo para su repertorio de comentarios y ácidamente graciosos chistes como “tomándome un Whisky con aguita perrier, sabrooosooo”. Cada uno de sus comentarios dejaba una estela de más de 30 comentarios, convirtiéndose en una persona tan conocida por su trabajo como por su jocosidad.
Los venezolanos tenemos esa particularidad de combatir el estrés y los problemas (laborales y personales) con una sonrisa en la cara, con una burla tan espontánea que a veces no podemos controlar. Así era mi Jefe, nadie se salvaba de sus burlas y quienes lo conocían se reían con él y los que no, no le quedaba de otra que aguantar el chaparrón o simplemente ignorar su frenética espontaneidad.
Un buen día decidió realizar un viaje con su esposa, la emoción era tan grande que lo traicionaba con repentinos ataques de pánico y fugases dolores físicos. Pero de igual forma emprendió el viaje en un crucero totalmente diseñado para comodidad de su esposa y la de él. Sus crónicas viajeras no dejaban de ser hilarantes y hasta necias, un tanto envidiadas lo que provocaba que uno saliera de su trabajo, preparara una maleta y saliera corriendo a buscar el primer crucero que se atravesara en el camino. En su fabuloso viaje, de repente la tristeza tocó a su puerta. Su egocéntrica risibilidad se desmoronaba cada segundo, hasta perderlo por completo. La muerte de sus chistes y burlas, ya no era para nada un chiste. Cambió su contagiosa alegría por ríos de lágrimas. Cambió la jocosidad de sus palabras, por un silencio aniquilador. Toda su inmensa comicidad se lo había llevado el viento de los cielos, imagino que para hacer reír al Jefe de arriba.
Sí, la naturaleza de la comicidad no es algo que tenemos todos, es como un don que sólo pocos logran sacar de su interior hasta hacerlo parte de su vida. El venezolano por naturaleza busca remediar los errores a través de la risa, a través de chistes tomados de la cotidianidad, de la felicidad y hasta de la muerte. Todos tenemos un payaso, un bufón, un cómico por dentro que nos alimenta el alma. Sí, mi Jefe ha muerto, y con él murió si espontaneidad, jocosidad y risibilidad.
Como dije antes, la alegría es lo que alimenta el alma, es lo que nos da fuerza para soportar la terrible realidad que pudiéramos estar viviendo. Un chiste nos puede sacar de ese cajón mental oscuro y vacío. La risa nos refresca y nos mueve esa fibra emotiva que a veces se nos olvida exteriorizar por miles de motivos.
Mi Jefe murió, sí, pero haciendo un encuentro con su ausente presencia, fijé la mirada y descubrí que su cara manifestaba una especie de alegría indescriptible, una sonrisa que pudiera traducirse en un orgullo de poder tener a todos sus allegados, familiares y empleados alabando su gran comicidad. Claro su muerte nunca será un chiste, pero todos los que estuvimos en su duelo, al ver su rostro, decidimos recordarlo tomándonos un buen whisky y contando todos sus buenos chistes.
