lunes, 21 de septiembre de 2009

Contándole un chiste a la muerte


Los venezolanos tenemos la particularidad de ser espontáneos, abiertos, sin pelos en la lengua. Somos esa partícula del mundo en constate movimiento de rotación y traslación. Somos esa expresión de lo divertido, de todo eso que nos hace reír, llorar y seguir riéndonos.
Nosotros los venezolanos vivimos de la alegría del momento, a todo le buscamos un chiste, ridiculizamos todo aquello que aparentemente nos es insignificante. Algunos países por ejemplo no son tan expresivos ya que su cultura es de total independencia y distancia hacia otros modos de pensar. Nosotros no, nosotros siempre tenemos ese detalle de familiarizar los acontecimientos, hacerlo nuestro hasta que lo podamos desgranar sin que quede nadie por fuera.
La burla en simple teoría, no es más que el acto de buscarle el lado gracioso a un acontecimiento, a un detalle, a una palabra. El venezolano por excelencia busca la manera de materializar eso que llamamos chiste y usarlo como coraza ante las eventualidades de lo cotidiano. El chistoso – por así denominarlo – algunas veces deja a su paso una sombra que puede llegar a ser molesta, pesada y hasta chocante, logrando así transformarse en un personaje de comparsa, lejano y distante, sirviendo sólo para contar un chiste o para amenizar la fiesta.
Particularmente pienso que para nosotros la comicidad es lo que nos mantiene vivo, siempre y cuando no se viva sólo de la comicidad.
Fíjense, llevaba 3 años trabajando con un jefe muy particular. No era uno de esos jefes de frases cortas como “buena día, a trabajar” ó “eso no sirve, arréglalo”. Mi Jefe era una persona con dotes para la comicidad, su risible manera de ser contagiaba a todo aquel que pasara por su negocio. Sus chistes jocosos e hilarantes lograban una gran reacción en contra y a favor de sus amigos y familiares.
Mi Jefe tenía su rutina, llegaba todos los días a las 7:30 de la mañana y se instalaba en su mundo del Facebook, para averiguarle la vida a quienes por accidente llegaban a solicitarlo como amigo. Su paso por el amplio espectro comunicacional (facebook), fue un desahogo para su repertorio de comentarios y ácidamente graciosos chistes como “tomándome un Whisky con aguita perrier, sabrooosooo”. Cada uno de sus comentarios dejaba una estela de más de 30 comentarios, convirtiéndose en una persona tan conocida por su trabajo como por su jocosidad.
Los venezolanos tenemos esa particularidad de combatir el estrés y los problemas (laborales y personales) con una sonrisa en la cara, con una burla tan espontánea que a veces no podemos controlar. Así era mi Jefe, nadie se salvaba de sus burlas y quienes lo conocían se reían con él y los que no, no le quedaba de otra que aguantar el chaparrón o simplemente ignorar su frenética espontaneidad.

Un buen día decidió realizar un viaje con su esposa, la emoción era tan grande que lo traicionaba con repentinos ataques de pánico y fugases dolores físicos. Pero de igual forma emprendió el viaje en un crucero totalmente diseñado para comodidad de su esposa y la de él. Sus crónicas viajeras no dejaban de ser hilarantes y hasta necias, un tanto envidiadas lo que provocaba que uno saliera de su trabajo, preparara una maleta y saliera corriendo a buscar el primer crucero que se atravesara en el camino. En su fabuloso viaje, de repente la tristeza tocó a su puerta. Su egocéntrica risibilidad se desmoronaba cada segundo, hasta perderlo por completo. La muerte de sus chistes y burlas, ya no era para nada un chiste. Cambió su contagiosa alegría por ríos de lágrimas. Cambió la jocosidad de sus palabras, por un silencio aniquilador. Toda su inmensa comicidad se lo había llevado el viento de los cielos, imagino que para hacer reír al Jefe de arriba.
Sí, la naturaleza de la comicidad no es algo que tenemos todos, es como un don que sólo pocos logran sacar de su interior hasta hacerlo parte de su vida. El venezolano por naturaleza busca remediar los errores a través de la risa, a través de chistes tomados de la cotidianidad, de la felicidad y hasta de la muerte. Todos tenemos un payaso, un bufón, un cómico por dentro que nos alimenta el alma. Sí, mi Jefe ha muerto, y con él murió si espontaneidad, jocosidad y risibilidad.

Como dije antes, la alegría es lo que alimenta el alma, es lo que nos da fuerza para soportar la terrible realidad que pudiéramos estar viviendo. Un chiste nos puede sacar de ese cajón mental oscuro y vacío. La risa nos refresca y nos mueve esa fibra emotiva que a veces se nos olvida exteriorizar por miles de motivos.
Mi Jefe murió, sí, pero haciendo un encuentro con su ausente presencia, fijé la mirada y descubrí que su cara manifestaba una especie de alegría indescriptible, una sonrisa que pudiera traducirse en un orgullo de poder tener a todos sus allegados, familiares y empleados alabando su gran comicidad. Claro su muerte nunca será un chiste, pero todos los que estuvimos en su duelo, al ver su rostro, decidimos recordarlo tomándonos un buen whisky y contando todos sus buenos chistes.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Amarillo N°20


Desde hace ya muchos años, podría decirse 10 años exactamente, aún en los televisores de familiares y amigos, prevalece esa inconfundible canción que nos presenta la peculiar historia de la familia más deseada y más popular de todos los tiempos, Los Simpson. Y es que en realidad nunca han dejado de estar presente en la mente de quienes día a día buscan un tiempo para darse un delicioso banquete de esta excéntrica familia.
Su apariencia amarillezca no es lo impactante, ni mucho menos la estructural melena azul que hace distinguir a Marge de otras madres. Lo impactante de esta familia es que, a pesar de haber sido criticada duramente por su ácido contenido y punzante lenguaje, siguen siendo la familia mas querida de la historia televisiva.
Nadie creería que esta familia, desarrollada como una forma de interlude de 15 minutos, entrelazada con el programa The Tracey Ullman Show, iba a tener un éxito rotundo que hoy en día abarca más de 18 años en la televisión. Con 48 cortos durante el programa The Tracey Ullman Show, estos atractivos dibujos animados comenzaron a tener vida propia el 17 de diciembre de 1989, fecha en la que fue emitida su primer gran capitulo.
Muchos se preguntaban –incluyéndome- si esta serie duraría algunos años al aire. Pero nadie se resisitó a ese choque visual que produjo la entrada de la pequeña bebé manejando desenfrenadamente un carro, mientras que en verdad sólo repetía lo que su madre hacía. Nadie aguantó la idea de perderse esas interminables e hilarantes planas en el pizarrón que reflejaban la máxima libertad de expresión de un niño y su fiel patineta. Y por si fuera poco, nadie iba a perderse ese ingenioso y creativo final en la que esta familia se juntaba en un cómodo sofá para ver un capítulo de su propia vida.
Es que si uno se pone a analizar en frío, la vida de Los Simpson es muy parecida a la nuestra, exceptuando esa apariencia amarilla que sólo los caracteriza a ellos y no a nosotros. Repasando un poco la historia de esta familia, encontramos personajes que no están lejos de ser una copia exacta de la realidad.
Tenemos al cabeza de familia, Homero J. Simpson, un hombre marcado por la torpeza de sus acciones y pensamiento, con una vida atada al alcohol, las donas y a un sin fin de malas ideas que sólo su familia logra comprender. Detrás de su escaso coeficiente intelectual se esconde un gran corazón y un profundo amor por su familia, aunque éste lo demuestre de manera vaga y exasperante.
Marge Simpson es la adorable ama de casa, dejó sus estudios de arte plásticas para casarse con el que sería su orangután de toda la vida. Detrás de su actitud apacible y aburrida, la seducen cosas nuevas y extremas, desde un lujoso hotel 5 estrellas hasta el vestido color salmón de un reconocido diseñador. Su abnegable compromiso con el hogar, la ha hecho una mujer sabia, siempre con una palabra de aliento y esperanza, implacable luchadora del bienestar de sus hijos y amoroso esposo.
Bart Simpson, es el hijo mayor, la estrella de la casa, su lenguaje interculturalmente obsceno combinan con su actitud desenfadada que grita abiertamente su lucha contra la moral y las buenas costumbres, su pasión por la patineta lo hace el chico más popular de la escuela y el vecindario. Su mirada hacia la vida lo ha llevado a transitar por caminos prohibidos y arriesgados que no son propios para un niño de 10 años. Las drogas, el alcohol, los prostíbulos y la delincuencia juvenil, son una de tantos artilugios que este joven amarillento ha experimentado a lo largo de su corta vida y que no duda en afirmar que su adultez la pasará como un perfecto vago detrás de las faldas de su hermana menor, pues su lema siempre será “vivir la vida al máximo sin importar las reglas”.
Lisa Simpson, es la hermana del medio, la pacifista de la familia, la voz de la razón, aunque a veces esa voz la hace dudar de si misma, de su inteligencia y su modo de ver la vida. Su grado de intelectualidad la ha llevado a convertirse en una activista ecológica, pero con un gran sentido oculto el “snobismo” que la ha llevado a dudar de sus orígenes familiares en muchas ocasiones. Su pasión por el saxofón y los estudios es lo que la ayuda a mediar con el adverso comportamiento de su familia, aunque nunca ha dejado de amarlos.
Por último y no menos importante, está Maggy Simpson, la ultima hija de esta familia, quien poco a poco va absorbiendo ese comportamiento trastornado que identifica a esta familia. Su vida pasará a ser la más normal, pues denota mas inteligencia que su hermana Lisa y más osadía que su hermano Bart.
Una familia así, es casi igual a la nuestra, no importa de donde sea, si tiene o no suficiente dinero, ó si tiene 2, 3 hijos. Así como el pueblo de Springfeld, que no es más que un escenario extraído de la vida misma, un microcosmo lleno de humor y sarcasmo, donde todos juzgan por las apariencias, el comportamiento y la libertad de pensamiento.
Esa habitual ignorancia que caracteriza a cada personaje de esta serie, hacia nuevas tendencias sociales, políticas y culturales, pone en evidencia que aún, muchos países incluyendo la satirizada EUA, es temerosa ante las nuevas aptitudes de una sociedad que día a día va creciendo y con los años va adquiriendo nuevos comportamientos de otras culturas. A diferencia de estos países, el nuestro, Venezuela, es el más abierto a otras culturas, otras formas de vida y de pensamiento, es abierto a una cascada de lenguas extrañas, que sin importar el acento, siempre tenemos algo que contarle así no nos entienda.
Sin duda alguna esta familia se parece a la nuestra, por sus hábitos, por sus costumbres, su manera tan familiar de tratar al vecino, al carnicero y al panadero. Se parece por su manera de protestar por lo que consideran justo para ellos y su entorno, se parecen por su inalcanzable afán de ser felices, superando las adversidades y las desilusiones. Se parecen a la nuestra porque son auténticos, originales y envidiados por otras familias.
Esta familia ha sabido mantener una extrema popularidad en su audiencia y eso lo demuestra el más reciente proyecto creado por Matt Groening, Los Simpson la película. Esta contará respectivamente la vida de una familia que, en medio de su cotidianidad, tratarán de salvar al mundo a través de las ideas un poco desubicadas de Homero, pero apoyadas por su dulce esposa Marge y sus encantadores hijos, Bart, Lisa y Maggy.
Quieran o no, esta familia seguirá dando y promoviendo fuertes críticas, pero siempre regalándonos una sonrisa anti-stress. El detalle está en que, así tengamos unos hijos insoportables, con problemas emocionales y existenciales, un esposo infielmente bruto o una esposa encantadoramente reprimida, nunca llegaremos a desesperarnos de tal manera que se nos ponga el cabello azul y la piel amarilla.